No eras yo quien dormía.
Era mi piel,
que aprendió a vivir en calma.
Era mi deseo,
que dejó de buscar por costumbre
y esperó, en silencio,
hasta encontrar una presencia
capaz de recordarle
que seguía vivo.
Hoy no confundo el anhelo con la necesidad.
No corro detrás de lo que siento,
ni le exijo al tiempo que acelere.
Solo abrazo esta verdad:
qué hermosa forma de volver a mí
es descubrir que todavía puedo desear.
Porque, al final,
el mayor despertar
no fue encontrar a alguien…
fue reencontrarme con una parte de mí
que jamás estuvo perdida,
solo esperaba el momento de florecer.
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